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Crítica

"Nos reta al debate, la reflexión sobre los misterios del origen del universo, la vida, las creencias, lo sobrenatural. No dejará indiferentes a sus lectores "

José Castejón
Concejal de Cultura de Leganés (Extracto de su discurso de presentación)

 

"La esfera negra: emotiva, divertida, inteligente,adictiva, entrañable y, sobre todo, extremeña"

Consuelo Rodríguez, Concejala Delegada de Cultura de Badajoz

 

"Fabulosa adaptación de un escenario pacense a los géneros fantástico y de ciencia-ficción"

Manuel Oñivenis, Concejal de Cultura de Salvaleón

 

"Cuando un libro es un gran libro, que es el caso, sobran los elogios... sólo hace falta leerlo"

Neko, administradora de Susurros en la Red

"Hemos leído la tetralogía La esfera negra, la cual nos ha sorprendido fundamentalmente por la originalidad de un argumento futurista con grandes dosis de realismo"

Carmelo Segura, editor de ENTRELÍNEAS EDITORES

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Primeras páginas

LA ESFERA NEGRACAPÍTULO 1


La mañana estaba fría y comenzaba a caer una llovizna que quizás terminase en nieve, pero Andrés seguía allí sentado, esperando. A penas albergaba ya esperanzas de que apareciese quien le mantenía aferrado al banco, en su interminable espera. Sin embargo, no parecía que fuese a levantarse hasta la noche. En otras ocasiones había soportado lluvias torrenciales, nieves y granizos, cuando no tórridos soles estivales, y Andrés nunca se había levantado hasta la hora acostumbrada. Él seguiría allí, aguardando impasible, únicamente guarecido por su inagotable paciencia.

Nada parecía indicar que aquella mañana no iba a ser como las demás y que iba a ser recordada siempre. En aquel momento, ni siquiera podía imaginarse que el cambio que se iba a iniciar en él esa mañana, terminaría por afectar a toda la humanidad unos años más tarde.

Su banco era el mejor, según había asegurado él mismo en innumerables ocasiones. Solía decir que era la mejor atalaya para buscar a alguien, pues tarde o temprano, todo españolito visita en alguna ocasión la capital, y termina pasando por la Puerta del Sol. Andrés madrugaba a las 7 de la mañana para sentarse en el mismo banco desde hacía casi cuarenta años y allí permanecía sentado todos los días, acechando hasta las once de la noche…

Alguien, hacía muchos años, le había dicho que tenía más paciencia que el santo Job. Y por Job le conocían todos los que frecuentaban la zona. Nadie, sin embargo, tenía ni la menor idea de cuán infinita era su paciencia. Sólo sabían de él que llevaba sentado en ese banco media vida esperando a una mujer muy especial, de la que no había dado ni un solo detalle más. Era igualmente parco en descripciones de sí mismo. Si se le preguntaba por su procedencia se limitaba a contestar que venía de lejos; y cuando se le insistía en la pregunta, volvía a responder que de muy lejos y cambiaba rápidamente de tema; lo que no significa que fuese poco hablador. Le gustaba escuchar las historias que la gente contaba y contarlas luego él. Tenía tantas historias acumuladas en la memoria que al contar las más insólitas la gente solía tomarlas por mentiras. Ésa era su triste fama, la de un loco mentiroso. Mentiras o no, contaba esas historias con tanto arte como un gran cuenta cuentos, un escritor o un director de cine, y a casi todos les gustaba escucharle. Muchos eran los que iban a visitarle y compartir un rato sentados en su banco. No le ofrecían tabaco porque sabían que no fumaba, pero era un buen compañero para echar un cigarrito, con o sin aliño. Tampoco le ofrecían vino de la botella barata, semioculta en una bolsa de plástico, sabían que no iba a beber; aunque muy pocos sabían que el buen vino sí le gustaba y casi nadie que tenía en su casa antiquísimos reservas de incalculable valor, algunos tan antiguos que ya no eran ni adecuados para beber, pero que eran verdaderas joyas de coleccionista. Solía decir que cada botella cuenta su propia historia. Historias vividas por Job hacía muchos años, muchos más de los que hubiese imaginado cualquiera de los que creían conocerle.

Todos sus contertulios, la inmensa mayoría indigentes, le tomaban por un vagabundo más y no sabían de la existencia de su bodega, ni de la casa donde estaba, ni de la fortuna que contenía la casa, ni del valor de los terrenos que la rodeaban a la misma puerta de Madrid, ni del opulento capital que tenía en el banco y en todo tipo de bienes, ni de ninguna otra cosa concerniente a su persona. Ni tan siquiera sabían su nombre, con Job les era suficiente. Aunque, en realidad, tampoco Andrés era el nombre que había utilizado siempre.

Para los transeúntes, o pululantes como él solía llamarles, Andrés no ofrecía diferencia con sus habituales compañeros. Decadente, con un pelo gris tan enmarañado y sucio como su larga barba, sucias ropas que habían pasado de moda hacía más de veinte años, el hecho de comer a diario un bocadillo en el banco y, sobre todo, el aspecto de quienes solían acompañarle, con sus cartones mal rotulados pidiendo ayuda, hacían pensar de él que era otro vagabundo más. En alguna ocasión algún viandante le había agasajado con una moneda; no sin cierto desconcierto, pues no había nada dispuesto a tal propósito, y tras dudar un instante, le había depositado la moneda a su lado en el banco y se había marchado con la sospecha de haber errado por haber ofrecido una ofensiva limosna a quien no mendigaba. Aunque esto hacía años que no sucedía. Últimamente, hasta los mendicantes, con su cartelito, su mano abierta y su variado receptáculo con unas monedillas de reclamo, tenían dificultades para conseguir el caritativo sustento. La gente pasaba indiferente ante ellos, intentando aparentar que no se percataban de su presencia.

Andrés podría vestir ropa cara y comer en restaurantes de lujo, pero ir de compras o de restaurantes lleva tiempo, tiempo sin estar presente en su banco. Tiempo precioso en el que podía pasar sin ser vista la mujer que con tanta perseverancia aguardaba desde tan largo tiempo. Un camarero de un bar cercano le traía a diario un bocadillo a cambio de una propina. En su casa le podían preparar el bocadillo antes de salir, o comida preparada en una tartera, pero iba más cómodo sin equipaje y prefería el pan recién hecho en el bar.

Paradójicamente, el personal al servicio de su casa comía y vivía mucho mejor que él, aunque tampoco sabían casi nada acerca de su vida. Sólo el mayordomo conocía algo, muy poco, de su vida privada y era el único que tenía instrucciones acerca del futuro de los bienes tras la muerte de Andrés. José, al que no le gustaba el apelativo de mayordomo y prefería simplemente José, administraba una de las cuentas bancarias. De ella salía el dinero para mantener la casa y los sueldos de los empleados, que se mantendrían durante diez años después de la muerte de Andrés. Éste no tenía familia, pero según él, designaría un heredero que se identificaría como tal antes de transcurrido ese tiempo. No parecía temer a la muerte, hablaba de ella con absoluta normalidad, pero le obsesionaba el tema de sus bienes y tenía todo muy bien programado para el después. Por aquella época era un anciano y era presumible que el fatal desenlace desenlazase pronto, pero cuando José entró a trabajar en la casa, tres décadas atrás, Andrés era demasiado joven para morir y ya tenía tal obsesión. Lo normal es no pensar en herencias hasta que no se le ven las orejas al lobo —decía José—, pero Andrés había respondido en alguna ocasión que un accidente no avisa con antelación. José supo cuando entró a trabajar de ayudante que si Andrés moría, y posteriormente lo hacía el que por aquellos tiempos era mayordomo, los empleados tendrían que romper una urna de cristal sellada que contenía instrucciones precisas. Esto lo realizarían todos juntos, pero bajo ningún concepto se tocaría la urna si uno de los dos estaba vivo. José, aun siendo más joven que Andrés, se había contagiado con su obsesión desde que sustituyó al anterior mayordomo tras su jubilación y supo lo que su predecesor sabía. Temía que la urna fuese abierta pronto, pues presentía que no sobreviviría mucho tiempo a Andrés. Si en esos diez años, antes de que apareciese el esperado heredero, moría él también, se rompería la urna y se leerían los documentos que tanto intrigaban a todos. José sabía que contendrían las mismas instrucciones que él sabía de memoria, y seguramente más cosas inimaginables que ya nunca podría averiguar. Sin embargo, si una vez muerto Andrés, José aguantaba vivo hasta la llegada del nuevo heredero de la propiedad, la misteriosa urna no se abriría, con lo que nadie en la casa aclararía sus dudas respecto al misterioso contenido.

Andrés también había sido elegido sucesor por un anciano solitario, del que se recordaba su excentricidad y poco más. Quizás aquella urna llevaba allí desde entonces y era una de las excentricidades del antiguo propietario. Quizás, llevase más tiempo, varias generaciones. Era posible, entonces, que ni siquiera Andrés supiese lo que había dentro. Siempre estuvo tentado de preguntárselo directamente a Andrés. Esa y otras mil preguntas que siempre quiso hacer, pero que nunca hizo, pues Andrés era excesivamente reservado. Cuando se le preguntaba algo concerniente a su vida particular contestaba con una evasiva acompañada de una sonrisa, y si se insistía en conseguir contestación, la respuesta solía ser la misma evasiva u otra similar, aunque esta segunda, y por supuesto, última vez, la sonrisa se tornaba en una dura expresión de reproche. José había aprendido hacía mucho tiempo a mantenerse totalmente al margen.

En la casa nadie sabía a ciencia cierta si de verdad buscaba a alguien real o era mera paranoia. Más bien estaban convencidos de lo segundo. Nadie en su sano juicio vivía como un pordiosero teniendo la fortuna que el poseía. Con varios empleados a su cargo, si se empeñaba en pasar su vida en la Plaza Mayor o donde fuese, podía tener uno de los empleados junto a él todo el día. Darle el mejor servicio de catering, sombra en verano y amplio paraguas en invierno. Podían mantenerle un amplio surtido de ropa nueva y limpia. Pero no aceptaba, y los motivos volvían a ser excusas sin sentido y evasivas. Con respecto a la ropa, se le había comprado algo en alguna ocasión, pero no lo utilizó. Nadie sabía por qué motivo una persona que alega no tener tiempo para comprar ropa, tampoco se pone la nueva cuando alguien dedica ese tiempo por él. Y con respecto a la suciedad de la ropa, rara vez la echaba al cesto de la ropa sucia. La mayoría de las veces dormía con ella puesta y no se quitaba ni los zapatos. De todos modos, la ropa iba a juego con su falta de aseo personal.

No sabían que su extravagante jovialidad era sólo superficial y que en realidad estaba sumido en una lúgubre depresión que le había llevado a no preocuparse por sí mismo ni por su imagen. O, más bien, a preocuparse por que su imagen fuese acorde a su lamentable existencia. No quería reconocer que era posible que se hubiese rendido ya mucho tiempo atrás y que su monótona búsqueda siguiese el asfaltado camino de la costumbre y no la tortuosa vereda de la voluntad y la iniciativa.

Poco disfrutaba de su fortuna, salvo la cena y el desayuno, que más que opulentos, eran exquisitos y refinados. En la cena abría siempre un buen reserva, en una especie de ceremonia, en la que parecía escuchar las historias que le contaba cada botella, la evocación de los hechos acaecidos el año de la cosecha.

Su bodega se reponía sola. Estaba suscrito a varias bodegas que cada año le enviaban unas cajas de los reserva y gran reserva lanzados ese año al mercado, cosechados años atrás. Guardaba vinos, de este modo, de todos los años, pues en cada año suceden infinidad de hechos dignos de recordarse en el futuro.

Efectivamente, la fría llovizna pasó a aguanieve y finalmente a nieve, pero no llegó a cuajar. Las nubes empezaron a clarear y los copos se fueron haciendo algo más grandes a la vez que más escasos, hasta que los últimos se mezclaron con los primeros rayos de sol que consiguieron atravesar las nubes para hacer brillar las mojadas calles madrileñas. Dolores sacó un tetra brik de vino barato de una bolsa de un supermercado cercano y la extendió en el banco, al lado de Job para sentarse encima y no mojarse la falda.

—¿Qué pasa Job? —saludó Dolores— Mojadito, ¿no?

—Sí, pero no mucho, además tengo una ventaja con respecto a ti —dijo Job con una leve sonrisa y la correspondiente pausa, antes de continuar dando explicaciones para que Dolores preguntase—:

—¿Qué ventaja?

—Que debajo de mi culo el banco está seco —terminó con una sonrisa más amplia.

—¡Déjate de vaciles baratos que lo que tienes que hacer es cuidarte! —y mientras doblaba alternativamente hacia ambos lados el abre fácil del vino, para terminar abriéndolo con los dientes, pensó si era correcto lo siguiente que iba a decir— No me gustaría que pillases una pulmonía. Me gusta tu compañía y me gusta venir a charlar contigo; pero aquí, no a un hospital.

—¿No vendrías a verme si terminase en un hospital?

La respuesta sincera hubiese sido una sólida afirmación, pero no fueron esas las palabras de Dolores.

—No sé —en un tono despreocupado—, ya sabes que yo soy de exterior —y mirando a otro lado estrenó su cartón de vino.

Dolores hizo una pausa mientras se decidía a expresar sentimientos más íntimos.

—Si no fuese tan amiga de la calle…

—¿Sí? —invito Andrés a la terminación de la frase tímida de Dolores.

—Es posible… quizás te hubiese tirado los tejos hace tiempo.

Andrés la miró con una expresión de sorpresa controlada, pero Dolores seguía mirando tímidamente hacia otro lado.

—Me molas, tío. Eres un colega de puta madre. Me siento bien cuando estoy contigo —y volviéndose para mirarle a la cara—. Me he preguntado en muchas ocasiones si yo…Si me hubieses pillado más joven… Si yo podría haber sido esa mujer que buscas. Si en mejores circunstancias…

Andrés ya no sonreía. Su expresión no era dura, pero sí amarga. Amarga y comprensiva a la vez, como perdonándola por haber sacado un tema que no le causaba sino un profundo dolor. Dolores había detenido su frase cuando se alzó la mano de Andrés en ademán de silencio; lo que produjo cierto desconcierto en Dolores. El desconcierto que se produce siempre que se dice algo y no se está seguro de si se debe decir y que dura hasta comprobar si se ha acertado o no. Esta vez, como la mayoría de las veces, la duda era razonable y era mejor no haberlo dicho.

—Te conozco desde hace tiempo. Desde primeros del… Hace casi nueve años. He creído conocerte y esperaba que me conocieses tú también a mí. Es obvio que los dos nos hemos equivocado —la mano que no había bajado sino a media altura volvió a levantarse para impedir que la boca de Dolores emitiese interrupción alguna. Dolores congeló el gesto y volvió a cerrarla—. Yo por no haberme dado cuenta antes de tus sentimientos, que ahora tu cara deja ver más claros que tus palabras. Tú por ver en mí lo que los demás han visto siempre. Sí, sé de sobra lo que opina de mí todo el mundo: yo soy un loco que, quizás debido a un desengaño amoroso, algún complejo de inferioridad, timidez extrema o cualquier otra infundada conjetura, estoy buscando una mujer que se convierta en el amor de mi vida. Una mujer que cumpla con mis expectativas. Un amor que me haga feliz. Un amor que debería haber aparecido entre la muchedumbre como en los cuentos de hadas, que se hubiese plantado delante de mí y me hubiese dicho que ella estaba hecha para mí y que me amaba y deseaba ser mi esposa. Y que esa era mi fantasía por mi incapacidad de relacionarme con mujeres en discotecas y otros lugares de ligoteo. Supuestamente eso me había trastornado la mente llevándome a ocupar este banco desde hace décadas. Claro que, como mi desequilibrada mente se limita a eso, y soy totalmente inofensivo, la gente me acepta a mí y a mi locura, me sigue la corriente y paso a formar parte del mobiliario de la plaza. Creo que alguien terminará sacando postales con mi foto y se venderán más que las de mi amigo oso, que, por cierto, un día de estos le ayudaré a tumbar el madroño.

Dolores no contestó. Solamente alzó ligeramente las cejas, sorprendida, como si se preguntase: “¡ah! ¿Pero no es así?”

—Busco a una mujer concreta, una mujer que conocí mucho tiempo atrás, mucho más de lo que imaginas. Estoy casi convencido de que moriré antes de verla. Pero existe una posibilidad, por remota que sea, de que pase un día por aquí. Y sólo pensar que esa posibilidad existe, hace que mi larga vida se haya dedicado sola y exclusivamente a su búsqueda. Probé tiempo atrás otros métodos para intentar encontrarla, todos infructuosos. Un día supe de dos personas que se perdieron en el zoco de Marrakech. Estuvieron todo el día intentando encontrarse, buscándose por todos los rincones. Pasaron multitud de veces por los mismos sitios. Al final se encontraron, el zoco no es tan grande. Pero se hubiesen encontrado muchísimo antes si uno de los dos se hubiese quedado quieto en un único sitio. Sólo uno, claro está. Los dos quietecitos no funciona. Pero en mi caso creo que puede funcionar. Estoy convencido de que ella no me busca, que no está quieta y tarde o temprano terminará pasando por aquí. Aunque tengo que reconocer, como ya te acabo de comentar, que lo más fácil es que eso pueda suceder después de mi muerte.

Es muy difícil cambiar la opinión que se tiene de una persona, si es una opinión forjada desde hace años, pero Dolores estaba perpleja. Algo hacía pensar que todo lo que acababa de contar era cierto. Andrés no sólo era consciente de su atribuida locura, sino que, además, se jactaba de que era incierta. La sinceridad que rebosaba por sus ojos mientras le contaba esta otra versión de su vida le daba cierta credibilidad. El problema era que ésta se había convertido en una historia mucho más desconcertante que la primera. Y lo peor fue descubrir que ella quedaba fuera por completo. Tampoco se había hecho muchas ilusiones. Él era un anciano agradable y tenía cierto encanto. Ella podría aparentar cinco e incluso diez años menos, pero no había estado en ningún momento convencida de tener algún atractivo que le pudiese parecer interesante. No sabía tampoco qué tipo de relación esperaba cuando se le insinuó. Quizás sólo esperaba una etapa final con algo de compañía. O no era tan de exterior como ella pretendía demostrar o, sencillamente, lo había sido tiempo atrás, pero ya no.

Adoptó la postura de la zorra con respecto a las uvas y se resignó convencida de que tampoco era tan buen partido para ella. Sin embargo, movida ahora más por la curiosidad que por intentar conseguirle como compañero, abrió la boca para preguntar qué situación esperaba él si, al final, el anciano que era se presentaba ante una mujer que no le buscaba. Qué le iba a decir y qué reacción esperaba por parte de ella. Pero esta vez, que Andrés no había levantado la mano para interrumpir sus palabras, decidió que era mejor callarse. Se quedó pensativa mirando al frente. Mirando a la gente pasar, preguntándose si reconocería a alguien al que no hubiese visto desde joven.

—Lo siento, Job —dijo volviéndose otra vez hacia él—. Me parece que no está en mi mano ayudarte, pero si se te ocurre algo que yo pueda hacer…

—Gracias — mientras sonreía amablemente, le cogió una mano y le puso la otra encima— Nadie puede. No tengo fotografías, ni sé qué nombre utiliza. Ni siquiera ella puede, pues no me recuerda a mí. Por eso no me busca. Sólo la paciencia me da un atisbo de esperanza —y casi sin pausa, como si se tratase del mismo tema, añadió—. Tampoco yo quiero que enfermes y está empezando a nevar otra vez. Ponte a resguardo y olvida esta conversación, no ganarás nada comentando esto con nadie. Te he contado más de lo que he contado nunca a nadie. Y aun así no es ni la punta del iceberg, pero no te contaré más. No hagas más preguntas. Mañana hablaremos de los triviales temas de siempre.

—Sí —respondió Dolores con resignación mientras se levantaba—. Será mejor así. Hasta mañana —miró hacia las nubes que habían vuelto a cubrir el cielo y, dando la vuelta, comenzó a caminar hacia la calle Preciados.

—¡Dolores! ¡Tu vino!

—Paso. —respondió casi imperceptiblemente mientras levantaba la mano sin volverse.

Dolores llegó a la esquina de la calle y antes de doblarla, miró atrás y vio por última vez a aquel viejo sentado en su banco. Le echó de menos durante años. Hasta el punto de sentarse en el banco y charlar sola como si él siguiese presente. También Andrés la echó de menos en alguna ocasión; aunque él, en unas circunstancias radicalmente distintas, sí llegó a verla años más tarde.

Andrés permanecía en el banco con una expresión difícil de describir, quizás parecida a la que se puede poner cuando se tiene un grave problema, sin solución aparente, y de pronto un niño pequeño aporta una solución. Solución inútil e imposible, pero cargada del deseo de ayudar y la inocencia del chaval. Y se le mira con una sonrisa comprensiva que casi hace olvidar el problema. Sin embargo, su problema seguía estando presente, y a la amargura que siempre le había generado, se sumaba ahora el dolor por haber herido los sentimientos de su amiga.

Andrés se separó del respaldo y apoyó los codos en las rodillas, pensativo. Vio que tenía un zapato desatado y comenzó a anudar los cordones distraídamente, sin dejar de pensar en la situación que acababa de vivir.

El nudo se quedó a medias, las manos se paralizaron al igual que todo el cuerpo. Todo excepto la cara, que se contrajo en una desagradable mueca. ¿Miedo?, ¿ilusión y decepción al mismo tiempo?, ¿incertidumbre?, ¿algún sentimiento nuevo para el que todavía no existe palabra que lo describa? o ¿tan fuerte que ninguna palabra fuese capaz de describir? Su cara desencajada no había dejado pestañear a sus ojos, que seguían tan clavados en el suelo como si quisieran atravesarlo. Pudieron pasar unos helados cincuenta segundos, posiblemente menos. De pronto, ató sus cordones más rápido que nunca, se levantó, como tampoco había hecho nunca antes de su hora y echó a correr como no corre nadie a una edad tan avanzada.

Carlos, el camarero que a diario, desde hacía incontables años, le traía su bocadillo, quedó perplejo detrás del banco mirando a la boca del metro por donde acababa de desaparecer Andrés. Tan extraño era verle correr a esa velocidad como el hecho de que no estuviese sentado allí como siempre. Volvió varias veces a lo largo de la mañana y también por la tarde, pero ni ese día ni los siguientes volvió a ver la sólida y tradicional pareja en que se habían convertido Andrés y su banco.

Muchos otros preguntaron por él, mendigos, barrenderos, mimos, retratistas…, incluso la policía local, pero nadie supo qué pasó exactamente. Nunca. Aunque algunos volvieron a verle, ya no fue el mismo de siempre, ni volvió a sentarse en el banco nunca más.